Consciencia colménica

Carta de odio al búho y a otros animales

Habrá algo dentro de mí que es distinto a los demás. Algo que vio mi padre muchos años atrás. Algo de lo que decidió no hacerse cargo. Quizá la culpa no fue de él por haberme abandonado. Quizá toda persona en su sano juicio lo habría hecho. Quizá el problema siempre he sido yo.


Estoy resentido, sí. Estoy resentido contigo porque olvidaste mi cumpleaños, porque lo ignoraste, como ignoras e insultas mi cariño hacia ti. Ignoraste mi cumpleaños, asegurando que sabías cuándo era, pero olvidaste que ese día ya había pasado. Pasan los meses y te puedes redimir. No sucede nada. Me mandas una felicitación vacía, propia de tu corazón carente de sentimientos. Me vas “avisando desde ya” que aparte un día para celebrar mi cumpleaños.


Esa salida no se va a dar, porque tú y yo somos compañeros de clase, no somos amigos. Tú y yo no hacemos planes, no salimos a tomar algo, a ver una película. Tú y yo solo hablamos en los viajes de regreso para que te quejes de quien te quieras quejar en el momento. Para que me hables como la voz de la sabiduría, cuando en realidad no tienes amor por nada. Y yo no quiero escuchar a alguien que, como tú, no sienta amor.


Estoy resentido porque a los demás les abrazas, les dices cosas lindas y a mí no me recibes un abrazo, un beso tirado con la mano. No recibes mi cariño, y desde pequeño mi cariño es lo único que he tenido. Lo más valioso para mí, amante de quien no me quiere, ignorante de mi amor.


Padre, créeme cuando digo que jamás te perdonaré por abandonarnos a mi madre y a mí.


Ayer comencé a armar el estante. Ella me había dicho que me ayudarías leyendo el manual y dándome consejos. Por mi edad aún no estoy preparado para armarlo yo solo. Comencé sacando las piezas, viendo qué forma tenían, intentando adivinar para qué servían. Vi la guía de ensamblaje. Pude avanzar unos cuantos pasos por mí mismo. Incluso recibí ayuda de personas que iban pasando.


Pero con el tiempo me di cuenta de que no estaba quedando como en el modelo de ejemplo. Podría reprocharte no haberme ayudado, pero entiendo que también dependía de mí. Ahora debo vivir lo que me quede de vida con este estante, deforme y rechazado.


No hay de qué preocuparse. Hacerlo o no no va a cambiar que crecí sin ti, y es quizá el porqué me siento incompleto. Porque me pregunto la razón por la que escogiste al otro y no a mí. Quizá fue porque yo llegué tarde, pero al contrario, pa, llegué un mes antes de cuando me tocaba. Toda mi vida creeré que si hubiese llegado dos días antes, me habrías escogido a mí.


Cada vez que escucho “Marta” vuelves a mi mente. Quizá por eso dejé de escuchar a Arjona.


Espero sea este el último escrito en el que te nombré con el corazón. Porque nunca mereciste que lo hiciera. Nunca mereciste mi atención. Solo me sonreíste a través de tu tapabocas, haciendo de mi vida una perdición.


Con el tiempo sentí que estábamos destinados. Que serías la indicada. A la que le aguantaría las quejas, aun cuando odio tanto escuchar a alguien quejarse. Pero resultó no ser así. El alcohol me hizo confesarte entre líneas lo bien que me sentía contigo. Y tú decidiste de manera deliberada dejarme allí, ignorando por completo las tardes en las que almorzábamos juntos. Cuando estudiábamos esa materia que tanto nos costó a ambos.


Aún hoy, años después, espero recibir tu mensaje. Que me preguntes cómo he estado todo este tiempo. Que hablemos de nuestra serie favorita, de nuestro cantante favorito. De tu ciudad natal y sus costumbres. De la mía y su cultura.


Yo no perdono, porque soy un extremista. Yo no perdono, porque perdonar es estar bien con los hechos. Y yo no lo estoy. Nunca lo estaré.